martes, 17 de marzo de 2015

Es hora de escribir



Si bien escribir es un acto individual, corregir un texto puede volverse un camino arduo si no se comparte.

En abril comienzan los talleres de obra y las clínicas individuales.

Los espero en Almagro y Palermo para darle curso a los proyectos individuales.

Consultas: jimenarepetto@gmail.com

domingo, 30 de noviembre de 2014



No son horas

Le decían El Tigre
me acuerdo
siempre con esa camisa
arrugada siempre
por el parque no son horas
los faroles parecen estrellas
suspendidas
a tres metros del piso
a punto
de estallar.

Mi sombra podría
acechar el monumento
que debería tener tu nombre
tu parque no son horas
y yo.

Le decían El Tigre siempre
y no sé por qué
no me animé a preguntar.

Me siento en el banco del Tigre
quisiera tener un perro como él
un perro gris de collar rojo que supiera
devolver las ramas que le lanzo
como dagas invisibles.

No va a venir
no va a venir nunca más.

Podría tallar mi nombre
podría ser éste mi banco
y sentarme
no son horas y yo
enjaulada en el parque
mientras los pájaros se deslizan
entre las sombras de los plátanos.

Sé que le decían El Tigre
todos como decían
que yo me parezco a
y estaban equivocados.

No tengo garras
no tengo forma de rasgar este banco
con las uñas
no tengo forma
sólo dos alas atadas al cuerpo.

Un día me mostró los ojos El Tigre

sh…

las presas escuchan siempre
en las pupilas de los predadores
el silencio que se abre
antes de que ocurra el ataque directo
preciso
menos de un minuto.

Más se tarda en
me acuerdo
la camisa arrugada
un perro gris
casi una sombra.

Pero
hoy no va a venir
porque ayer
algo no salió
alguien no salió
algo se detuvo.

Debería tallar mi nombre
debería ser éste mi banco 
y que estallen
los faroles estrella

o traer un perro que responda
a mi mirada
siempre un perro gris
como fui yo
a cualquier hora
devolviendo las ramas
cuando el parque era tu sombra
y tu sombra era yo.





Tres átomos

Dijo que tenía tres átomos tatuados
y giraban
sobre su piel
sobre su pecho
sobre donde, imagino,
estará su corazón.

Dijo que eran negros
profundos
como serán las estrellas
las moscas de verano
o los autos que recorren las autopistas.

No sé por qué
pero los átomos
me generaron cierta intriga
como si escondieran un mandala.

Le pedí que me mostrara esas partículas
pequeñas cicatrices
y sabía
que podía no haber regreso
en la habitación oscura
la luz amarilla por la ventana
sin frío ni calor.

Dijo que no le había dolido nada
y se desnudó para mostrarme
sus tres heridas.

Apoyé la cabeza, compasiva,
y escuché
le latían
los átomos
y los sentí girar
quietos
en las órbitas.

No dije nada para no interrumpir
el movimiento
infinito
celeste
de lo dado.

Y lo que sucedió fue por eso
nada más que por eso
porque no quería que me preguntara
qué pensaba de algo tan simple
como la posibilidad de que el universo se detuviera
y nos dejara pasivos.

Y yo le dije,
aunque no debería haber dicho,
que no le temo a nada
salvo
a la contemplación.





martes, 16 de septiembre de 2014






Los inviernos



Jimena Repetto




Si estiro el brazo, puedo tocarte la nariz. O un ojo. Puedo meterte la mano en la boca y atraparte la lengua. Pero me quedo quieta en el medio de la plaza, junto a la fuente. Me pedís que me quede quieta y te hago caso. Me pedís que sonría y te hago caso. Estamos vos y yo y ya no hace calor. Está todo puro invierno, con los árboles amarillos. En el invierno algunos animales se esconden para dormir una siesta larga. Los osos y las tortugas. Las tortugas tienen una caparazón y viven más de cien años. Vos decís que saben muchas cosas las tortugas porque viven mucho, pero yo no creo. La tortuga que me regalaste está todo el día en el balcón y no sabe nada. Está bien. Me quedo quieta. Me quedo más quieta de lo que puedo. No respiro, no muevo el pie, no giro la cabeza. Me quedo quieta toda. Yo también invierno como las tortugas y los osos. Cuando deje de invernar así toda dura, quiero que me prestes la cámara. Un ratito nada más, para poder sacarle una foto a la tortuga que está así de grande, como mi pie. También quiero sacarle una foto a la planta de palta. Parece una palmera chiquita. Yo sé que se rompe la cámara porque es importada, pero la voy a cuidar. La voy a usar nada más que para la tortuga y la palta. Las fotos te las dejo en el rollo y vos vas a la casa de fotos y me hacés una copia para mí. Así le muestro a la tortuga cómo se ve y me acuerdo de la planta de palta de chiquita porque un día va a ser un árbol. Está bien, me corro el pelo de la cara, pero hay viento, ¿qué querés? El viento mueve las cosas. Mueve las hojas, mueve a las hormigas, me mueve el pelo. El viento también mueve los aviones, ¿no, papá? Los mueve y hacen que vuelen muy alto. Cruzan el mar y del otro lado están los otros países donde hay gente que habla otros idiomas y hay nieve y viven los elefantes. ¿No es cierto? Yo quiero que un día me lleves a esos países. Yo sé que llevás mis fotos. Eso me pone contenta porque es como viajar sin moverse nada. Me quedo quieta, quieta y me quedo en la foto. Y la foto va con vos a todos lados. Yo quiero ser azafata. Como las azafatas que vuelan en tu avión y te dicen que soy hermosa. Quiero ser azafata y cruzar el mar inmenso. Cuando acá es invierno, allá es verano. Cuando acá es otoño, allá es primavera. ¿Ves?, estas cosas no las sabe mi tortuga porque no habla y nunca salió del balcón. Yo sí las sé, mamá también las sabe. Ahora cuando termines de dejarme quieta, te voy a sacar una foto yo a vos. Para cuando sea azafata y les muestre a otros pilotos que vos sos mi papá y un día me regalaste una tortuga porque los perros son muy grandes y en un balcón no caben. Te voy a pedir que te quedes quieto, muy muy quieto para que la foto no salga toda movida. Vos siempre te estás moviendo. Hoy estás acá y mañana estás en otro lado, arriba del avión. Te movés muy rápido, como el viento a veces. A mí me gustaría que inviernes como la tortuga. Que inviernes en casa y te quedes un rato bien largo. Yo puedo ir a trabajar por vos, si querés. Me subo al avión. Voy con tu foto y sirvo jugo de naranja. Voy y uso una pollera azul y un gorrito y zapatos de taco como los que lleva mamá al trabajo. Camino por el pasillo largo de los aviones y le pido a la gente que se abroche los cinturones, que no baje la bandejita de los asientos. Les señalo a todos la salida de emergencia y les muestro las bolsitas por si se marean el estómago. Les explico eso que vos me contaste de la presión del aire que te hace doler los oídos. Eso tampoco lo sabe mi tortuga. ¿Las tortugas tiene oídos, papá? ¿Cuándo termines con la foto, me empujás en las hamacas? Estoy cansada, el flash me pica los ojos. A las plazas se viene para jugar, no para sacarse fotos. Hay ciento quince chicos jugando y solamente yo estoy toda aburrida. Además se está haciendo tarde y vamos a tener que volver a casa y vos vas a volver a armar tu valija y yo voy a tener que hacer la tarea para mañana y bañarme y comer e ir a dormir porque mamá se enoja. Se está haciendo tan tarde que no voy a tener tiempo de las hamacas ni de la calesita, si seguís con esta pavada de las fotos. No sé para qué me trajiste. Mamá me trae mucho mejor y me compra pochochos y me deja subir al tobogán alto y no me pide que me quede toda quieta porque me va a extrañar. Si me vas a extrañar, quedate en casa. Quedate y te muestro la tortuga que invierna. Quedate por lo menos hasta que vuelva el verano. Si te quedás, voy a hacer toda la tarea y la maestra no se va a enojar porque dice que tengo la cabeza en cualquier lado. Es una estúpida que no entiende lo feo que es que te invierne la tortuga y no saque la cabeza para jugar. Lo feo que es que tu papá viaje a un país y a otro país y a otro país y no esté en ningún lado todo el tiempo. Lo feo que es viajar en la billetera y estar el invierno aburrida en el departamento chiquito que no entra un perro y mamá dice que vos no estás nunca y no hay plata ni para pintarlo. ¿De verdad me decís eso de que un día no vas a viajar más? Basta, me cansé de estas fotos estúpidas. Me cansé de reírme sin ganas. Terminala con la cámara. Si querés verme, mirame. Vení a casa y me ves todos los días como me ve mamá, como me ve la maestra y la tortuga. Ya está el cielo con una estrella y no me importa si salgo toda borroneada. Cuando no estás, yo también me acuerdo de vos borroneado. No sé si tenés la nariz larga, o si tenés picudo el bigote, no sé si estás que te reís o tenés así la frente como enojada. Así que mejor así. Me muevo toda y la foto no te sale nada. Tengo frío y la plaza se está quedando sola. Ya no se escucha la música de la calesita. Con mamá me saco la sortija, con vos nada. Ni una vuelta. Pura foto. Prefiero volver a casa ahora. No, no quiero helado ¿no te das cuenta que hace frío y me va a hacer doler la garganta? No me importa lo que me decís. Ahora no me quiero subir al tobogán y no quiero armar un castillo con la arena. Tampoco. Tampoco quiero ir a comer pizza o ir a tomar una coca cola o una muñeca nueva. No me compres más regalos. Llevame a casa que extraño a mi tortuga que invierna. ¿Qué te importa? No me insistas. Bueno, está bien: Lufthansa se llama. Sí, como tus aviones. Pero por lo menos se queda quieta. Sacale vos fotos a la tortuga y llevala en la billetera. Ella se queda quietita. ¿Ves? Ahí hay otra estrella más. No, no quiero que me prestes la cámara. Ahora corro rápido. Rápido como los aviones antes de despegar. No me alcanza la tortuga. No me alcanza el viento. Cuando me quieras encontrar, voy a estar tan lejos como en ningún lado.








El galope de un pequeño caballo manso. 

Jimena Repetto


No me voy a bajar, papá. No me insistas. No me mires así, con esa cara. No me importa. Yo no te miro y listo. Vos me prometiste que hoy íbamos a hacer todo lo que yo quisiera. Así que me quedo acá. Y también quiero este caballo. No quiero un Mecano, no quiero un robot que camina solo, no quiero un autito a control remoto. Quiero este caballo y lo quiero para siempre. Comprámelo. Te juro que lo voy a sacar a pasear todos los días. Te juro. Te juro que le voy a cepillar el pelo hasta que brille como un cometa. No me grites porque no me bajo. Pensá: puede dormir en el garage de mamá.

¿Vos no sabías del garage? En verdad es el garage de Ernesto. Yo pienso lo mismo que vos de ese Ernesto. Para colmo se quiere hacer mi amigo. Yo te quiero y te prometo prometido que nunca le voy a decir “papá”. Porque no es mi papá. Mi papá sos vos y por eso me vas a regalar este caballo. Vamos a ser como hermanos. Porque ahora que vos y mamá no viven juntos, yo soy hijo único para todo el futuro. El bebé ese que tiene mamá en la panza no es nada hermano mío. Más hermano mío es el caballo. Vamos a compartir polenta con tuco y mirar los dibujitos

No me voy a bajar. No me tires porque me agarro fuerte y le voy a arrancar los pelos al caballo. No me insistas que me pongo a llorar. Yo lo necesito, vos no entendés. Lo necesito un montón. Porque ahora que vos vivís lejos, con el caballo puedo ir a visitarte más rápido, cuando yo quiera. Puedo ir siempre y no sólo los fines de semana. Lo voy a llamar Lucrecio. Lucrecio Aguirre. Y voy a aprender a galopar. Vamos a practicar en la plaza. Voy a ganar carreras. Voy a correr más rápido que el auto de Ernesto.

Sí, Ernesto también tiene auto y es nuevo y todo lustroso. Pero no te preocupes que nosotros vamos a tener a Lucrecio que es mejor que un auto, porque autos hay por todas partes, pero caballos con manchas grises hay muy pocos. Estás poniendo cara de estar triste. No te pongas triste. Si me acomodo así, para adelante, entramos los dos acá. Te hago un lugar, vení, subite conmigo. Vas a ver, se ve todo alto. Ahora no, mejor después, porque todavía lo estoy domando.

Yo sé que me querés. No me lo digas más porque me aburre. ¿Vamos a ver el mar, mejor? Si vamos a ver el mar, podemos pasar a buscar a mamá. Vamos los tres. ¿Cómo que no? ¿Vos pensás que no entramos? Bueno, alquilamos otro caballo. Mamá siempre te decía que quería ir a la playa y vos siempre “que tengo mucho trabajo”, “que voy a jugar al fútbol”, “que el año que viene”. Pero mamá hablaba de las olas y que extrañaba el viento en la cara. Yo era chico, pero me acuerdo. Y se ponía el vestido de las flores rojas para esperarte para comer. ¿Sabés las veces que te esperamos para comer? Y a mí me dolía toda la panza hasta que vos venías. ¿Y cuando te enojabas con mamá? A veces tenías mucho enojo, papá. Tanto enojo que yo también me quería ir a caminar en la arena toda amarilla.

Decime, ¿es cierto lo que le escribiste a mamá? No, yo no quise leer la carta, pero la encontré cuando buscaba unos rastis que se me habían perdido. Tan privada no era porque hablabas de mí y de que nunca me hiciste faltar nada. Ahora no me sigas preguntando, que yo quiero hacerte una pregunta: ¿de verdad se te fueron para siempre todos los enojos? Si es así, mamá no necesita a Ernesto. Y si vos volvés, Lucrecio se queda acá en el campo. Yo y vos y mamá vamos a ir a vivir a la playa juntos. Mamá se puede poner el vestido de las flores rojas y elegir una casa nueva para todos. Vos podés conseguir un trabajo en un barco y traer siempre pescado. Yo esta vez lo voy a comer aunque sea asqueroso. Y con Lucrecio nos vamos a mandar cartas.



Bueno, a mí no me importa si todo es más complicado. Para mí no es tan difícil, es así: o me regalás a Lucrecio o volvés a casa. Chau papá, pensá lo que hablamos, te veo después. Mirá qué bien que estoy galopando.